jueves, 19 de abril de 2007

Aprender a cocinar

Todos, en mayor o menor medida, sabemos cocinar. Algunos no somos incapaces de ir más allá de una tortilla más o menos lograda y otros consiguen éxitos realmente importantes. Pero todos hemos tenido que aprender observando y colaborando con otras personas.
Sin embargo en materia erótica está muy mal visto tanto aprender como enseñar. Por alguna razón difícil de entender sentimos verdadera aversión por aquellas relaciones eróticas donde existe una marcada diferencia entre las edades de los participantes.
Nuestros adolescentes deben aprender el arte del placer o bien por “ciencia infusa” o bien a través de los libros.
¿qué resultados culinarios obtendríamos de los grandes chefs si hubiesen aprendido su oficio mirando ilustraciones o recurriendo únicamente a la intuición? A nadie se le ocurre recomendar a Miguelín, un chico de diez y seis años que se ponga a experimentar en la cocina junto con su compañero de instituto. Y mucho menos pegarle una bronca por ir a aprender a cocinar con la tía Mercedes que tiene un restaurante.
Pero en cuestiones de erotismo insistimos en concebir las relaciones entre adolescentes y personas mayores como perversas, malsanas y perjudiciales. Esto seguramente es un residuo de la concepción reproductiva del arte erótico, los matrimonios donde uno de los cónyuges tiene una edad avanzada dan pocos hijos y su crianza es problemática – viudedades prematuras, padres demasiado mayores, etc. - Si no vamos a formar una familia, ¿para qué queremos relaciones eróticas.
Con este panorama no es de extrañar el poco nivel de creatividad erótica de la sociedad. Los chicos no pueden aprender de los mayores y así se perpetúa el modelo monocorde de relaciones eróticas.
Debo además hacer notar un hecho realmente destacable. Existe una relación inversa entre la educación gastronómica y la educación erótica por lo que respecta al género. Se pone un énfasis especial en enseñar a cocina a las mujeres mientras los hombres acceden a este mundo de forma voluntaria. Existen muchos varones aficionados a cocinar, pero no lo son por obligación, ni tampoco han sido impelidos a serlo.
Pero en materia erótica la situación es inversa. Los varones, aunque de forma indirecta, son estimulados a aprender y a practicar al menos las formas más convencionales de erotismo. Por el contrario, las mujeres son mantenidas en un estado de ignorancia lo más completo posible. Una desinformación antes conseguida mediante la coacción directa – se les prohibía adquirir cualquier conocimiento sobre el tema – y ahora lograda gracias a la promoción de sentimientos vinculadores del erotismo con experiencias románticas, cuando no directamente dependientes.
Con esta asimétrica forma de educar se consigue la perpetuación del sistema de dominación masculina y se salva la concepción reproductiva de la sexualidad. Con mujeres menos expertas, los varones pueden ejercer de pigmaliones y establecer una relación de superioridad respecto a ellas. Además así se asegura la generación de un número máximo de retoños.
Aquí podríamos encontrar el porqué de esta persecución mediática contra aquellas mujeres de las que se conoce relaciones con varones más jóvenes. Si el erotismo debe llevar a la reproducción, la menopausia se contempla como una etapa de finalización de la actividad erótica. Por lo tanto, desde este punto de vista, las relaciones entre un hombre joven y una mujer madura son inútiles. Más aun, si la mujer siente deseo de tal intercambio debe estar enferma o ser una viciosa y, por lo tanto, sujeto de todo tipo de humillaciones.
Esto choca con nuestra actual forma de vida, basada o supuestamente basada en valores de libertad e igualdad y en un sistema social que necesita el trabajo femenino. Pero una idea puede perdurar en la cultura incluso cuando deja de ser necesaria para el normal funcionamiento de la sociedad.

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