El ayuno, sea este forzoso o voluntario, es siempre un experiencia desagradable. Tanto si lo hacemos por cuestiones médicas, religiosas o políticas requiere un esfuerzo y, muchas veces pasarlo realmente mal.
Verse obligado a comer, cuando uno no tiene ganas, por quedar bien, es también una forma de pasar un mal rato.
Últimamente, en materia de Erotismo, hemos asistido a una oscilación pendular entre ambos extremos. A principios de los cincuenta se recomendaba el ayuno más estricto y los escarceos eróticos aceptables eran tan sólo aquellos que se daban con finalidades reproductoras. Muchas personas se lo saltaban pero esto les producía terribles problemas de conciencia, se sentían sucios y bajos, lo vivían como un vicio rastrero.
La llamada “Revolución Sexual” intentó liberar a las personas de este sentimiento de culpa, introduciendo el concepto de Erotismo lúdico. Se hizo hincapié en considerar las relaciones eróticas como un juego entre adultos consetidores, dejando atrás la concepción sagrada y muchos de los tabúes imperantes hasta entonces.
Durante este periodo y como subproducto de ese tiempo de cambios en las costumbres, empezó a aparecer el concepto “liberarse”. Esta era una actitud mediante la cual una persona, sobretodo mujer, se esforzaba para superar sus bloqueos y así conseguía disfrutar libremente de su sexualidad.
Pero lo que debía ser un razonamiento, una persuasión se convirtió en algo impuesto. Algunas mujeres se vieron forzadas, de forma indirecta, a realizar un determinado tipo de prácticas sin que les apeteciera, simplemente para parecer más progres. Todos los cambios revolucionarios tienen sus injusticias y esta fue una de ellas.
Sin embargo lo peor estaba por venir. Con la consolidación de los avances en permisividad se fue forjando una idea perversa de la “libertad erótica”. De prohibir todo tipo de intercambio y de considerar el Erotismo como un desagradable trámite por el que hombres y mujeres debían pasar para tener hijos, se pasó a considerarlo el “pegamento mágico” de la pareja.
Por todo el mundo, psicólogos, psiquiatras, sexólogos y terapeutas empezaron a promocionar el erotismo como “terapia para parejas”. Pasamos así de recomendar el ayuno para preservar el vínculo a casi recomendar la alimentación forzada con igual propósito.
Actualmente se promociona una especie de “sobrealimentación”. Se nos dice continuamente que para un buen funcionamiento de la pareja es imprescindible tenerla “bien harta de sexo” y convertirnos en unos buenos atletas sexuales siempre en disposición no sólo de satisfacer sino de estimular sus deseos.
Extraña libertad es esta que nos obliga a comer cuando no tenemos hambre simplemente para seguir una superstición, aquella que considera el sexo como la única forma de mantener el vínculo dentro de la pareja. No es de extrañar que pensando de esta manera, cuando uno de los dos no quiera o no desee más intercambio, pensemos en que la pareja se distancia y corramos al psicólogo para hacer terapia. O, directamente busquemos otra pareja.
Si a esto le añadimos una dieta monótona y obsesiva, donde el coito es el objetivo final de todos los encuentros eróticos, uno llega a pensar que era mejor la anterior situación en la que una pareja, llegado un día, simplemente perdía el apetito pero conservaba el cariño y la complicidad.
Pero volver a la situación anterior tampoco es un buen remedio. En mi modesta opinión deberíamos poder comer cuando nos apeteciera y en el restaurante y con las personas que quisiéramos. Ni forzar, ni tampoco prohibir, buscar la compañía, la complicidad, el cariño y el amor en otros aspectos de la persona, dejando los apetitos eróticos en el lugar que les corresponde. Sin sacralizarlos.